Lo que olvidamos también nos construye
No todo lo que desaparece se pierde. Solemos pensar en la memoria como una colección de cosas que logramos conservar. Una vitrina donde guardamos lo que consideramos valioso: nombres, rostros, fechas, lugares. Medimos la riqueza de nuestra historia por la cantidad de escenas que podemos evocar. Pero rara vez pensamos en el reverso de esa moneda. Rara vez agradecemos todo lo que hemos olvidado. ¿A dónde van las conversaciones cotidianas que desaparecieron sin dejar rastro? ¿Los caminos recorridos cientos de veces que hoy ya no podríamos describir? Olvidamos los nombres de personas que alguna vez parecieron cruciales y los miedos que ocuparon meses enteros, miedos que hoy apenas podemos reconstruir. Si lo miramos de cerca, la mayor parte de nuestra vida ha sido devuelta al anonimato del tiempo. A veces vemos el olvido como una falla. Como una pérdida o una traición de la mente. Pero quizá sea todo lo contrario: una sabia forma de adaptación, una tregua necesari...