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Mostrando las entradas de abril, 2026

El mundo siguió funcionando, y eso fue lo más extraño

   Lo más desconcertante de perder a alguien es descubrir que el mundo no se detiene. Los semáforos cambian de color. La gente va al trabajo. Los relojes no se inmutan. Y uno espera —sin saberlo— que algo falle. Que el sistema se trabe. Que el día no avance. Pero no. El mundo sigue. Y eso duele más de lo que debería. No por crueldad, sino por contraste. Porque tu tiempo interno ya no coincide con el externo. Aprender a vivir con ese desfase es parte del proceso. No para “volver a la normalidad”, sino para aceptar que la normalidad ya no será la misma. Hay días en que uno logra acompasarse. Otros no. Y aprender a aceptar esa irregularidad también es una forma de seguir viviendo.

Los muertos no se van: cambian de lugar

  Nadie se va del todo. Solo cambian de lugar. Hay personas que dejan de ocupar una habitación, pero pasan a vivir en objetos. En gestos heredados. En silencios específicos. A veces aparecen cuando menos lo esperas: al repetir una frase que no era tuya, al reírte de algo que solo esa persona entendía, al recordar sin querer. No están donde estaban. Pero tampoco desaparecieron. Cambiaron de sitio. Ahora habitan en la memoria, que no es un archivo ordenado, sino un territorio vivo, impredecible. Aprender a convivir con eso es parte del duelo. No expulsarlos. No esconderlos. Dejarlos estar, sin miedo. Con el tiempo, uno aprende que recordar no es volver atrás. Es aceptar que algunas presencias ya no ocupan espacio físico, pero siguen teniendo peso. No duele siempre. Pero tampoco se va.

Después del funeral, nadie te explica esto

  Después del funeral, nadie te explica lo que viene. Todos se van. Las sillas se acomodan. El café se enfría. El mundo retoma una forma que no reconoce la ausencia que acaba de instalarse. Nadie te dice que lo más difícil no es el día de la muerte, sino los días normales que siguen. El primer lunes. El primer trayecto en auto. El primer momento en que casi marcas su número sin pensarlo. La pérdida no grita todo el tiempo. A veces susurra. Se esconde en detalles absurdos: una camisa que ya no huele igual, una silla que nadie ocupa, una palabra que ya no tiene destinatario. El duelo no es una línea recta. No avanza. Se mueve en círculos pequeños. Un día parece lejano. Al siguiente, vuelve intacto. Nadie te explica que puedes estar bien y, aun así, sentir esa punzada repentina. Que reír no es traición. Que seguir viviendo no significa olvidar. Hay pérdidas que no se superan. Solo se integran. Como una cicatriz que ya no duele todos los días, pero que siempre está ahí, recordá...