Después del funeral, nadie te explica esto

 

Después del funeral, nadie te explica lo que viene.

Todos se van. Las sillas se acomodan. El café se enfría.
El mundo retoma una forma que no reconoce la ausencia que acaba de instalarse.

Nadie te dice que lo más difícil no es el día de la muerte, sino los días normales que siguen.

El primer lunes.
El primer trayecto en auto.
El primer momento en que casi marcas su número sin pensarlo.

La pérdida no grita todo el tiempo. A veces susurra.
Se esconde en detalles absurdos: una camisa que ya no huele igual, una silla que nadie ocupa, una palabra que ya no tiene destinatario.

El duelo no es una línea recta. No avanza. Se mueve en círculos pequeños.
Un día parece lejano. Al siguiente, vuelve intacto.

Nadie te explica que puedes estar bien y, aun así, sentir esa punzada repentina.
Que reír no es traición.
Que seguir viviendo no significa olvidar.

Hay pérdidas que no se superan.
Solo se integran.

Como una cicatriz que ya no duele todos los días, pero que siempre está ahí, recordándote que algo pasó… y que te cambió.

Con el tiempo, uno aprende que el duelo no pide permiso.
Llega cuando quiere.
Se va cuando puede.

Y mientras tanto, seguimos viviendo.
No porque seamos fuertes,
sino porque no hay otra forma de honrar lo que fue.

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