Los muertos no se van: cambian de lugar
Nadie se va del todo. Solo cambian de lugar. Hay personas que dejan de ocupar una habitación, pero pasan a vivir en objetos. En gestos heredados. En silencios específicos. A veces aparecen cuando menos lo esperas: al repetir una frase que no era tuya, al reírte de algo que solo esa persona entendía, al recordar sin querer. No están donde estaban. Pero tampoco desaparecieron. Cambiaron de sitio. Ahora habitan en la memoria, que no es un archivo ordenado, sino un territorio vivo, impredecible. Aprender a convivir con eso es parte del duelo. No expulsarlos. No esconderlos. Dejarlos estar, sin miedo. Con el tiempo, uno aprende que recordar no es volver atrás. Es aceptar que algunas presencias ya no ocupan espacio físico, pero siguen teniendo peso. No duele siempre. Pero tampoco se va.