El mundo siguió funcionando, y eso fue lo más extraño
Lo más desconcertante de perder a
alguien es descubrir que el mundo no se detiene.
Los
semáforos cambian de color.
La gente va al trabajo.
Los relojes no se inmutan.
Y
uno espera —sin saberlo— que algo falle.
Que el sistema se trabe.
Que el día no avance.
Pero
no.
El
mundo sigue.
Y eso duele más de lo que debería.
No
por crueldad, sino por contraste.
Porque tu tiempo interno ya no coincide con el externo.
Aprender
a vivir con ese desfase es parte del proceso.
No para “volver a la normalidad”,
sino para aceptar que la normalidad ya no será la misma.
Hay días en que uno logra
acompasarse.
Otros no.
Y aprender a aceptar esa irregularidad
también es una forma de seguir viviendo.
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