La última vez que no sabíamos que era la última vez
| Las últimas veces rara vez se anuncian. |
La mayoría de las despedidas definitivas no parecen
despedidas.
No tienen música de fondo, no anuncian su tremenda
importancia ni llegan acompañadas de ninguna señal en el cielo que nos prepare
para lo que viene. No hay un aviso que nos diga que una puerta se va a cerrar
para siempre.
Por eso casi nunca reconocemos las últimas veces cuando
están ocurriendo frente a nuestros ojos.
La última conversación trivial con alguien en la cocina.
La última visita a la casa de la infancia antes de que la vendan o quede vacía.
La última llamada telefónica para hablar de nada en particular. La última vez
que escuchamos una risa o una voz que creíamos permanente, una voz que formaba
parte del paisaje cotidiano de nuestra vida.
Solo después, cuando el tiempo ya hizo su trabajo y la
distancia se vuelve definitiva, miramos hacia atrás y entendemos el verdadero
peso de lo que ocurrió.
Y es entonces cuando aparece esa pregunta imposible, esa
sombra que a veces nos persigue en las noches: ¿Si lo hubiera sabido, habría
hecho algo diferente?
Quizá nos habríamos quedado pegados a ese abrazo unos
minutos más, desafiando las prisas del reloj. Quizá habríamos prestado una
atención absoluta a la forma en que el otro movía las manos al hablar. Quizá
habríamos vencido el orgullo o la timidez para decir aquello que dejamos
pendiente, creyendo que habría un mañana.
Pero la vida, en su misteriosa urdimbre, rara vez concede
ese privilegio. Las últimas veces suelen disfrazarse con el ropaje de los
momentos más comunes. Llegan escondidas, de manera casi cruel, dentro de los
pliegues de una rutina cualquiera.
Un abrazo apresurado porque se nos hace tarde para el
trabajo. Una conversación breve cortada por el sonido de una notificación en el
teléfono. Un adiós distraído que da por sentado que nos volveremos a ver la
próxima semana.
Y precisamente por eso, por su apariencia inofensiva,
dejan una huella tan profunda y dolorosa en el alma cuando se van. Porque nos
recuerdan, de golpe, la fragilidad de nuestra existencia y el hecho de que casi
todo lo verdaderamente importante sucede sin anunciarse, sin pedir permiso.
Con los años y el andar, uno aprende a convivir con el
peso de esas ausencias silenciosas. Los vacíos no desaparecen del todo, pero
con el tiempo cambian de forma, se vuelven más amables.
La culpa por lo que no se dijo se transforma lentamente
en comprensión. La tristeza punzante por la pérdida se va mudando en una
profunda gratitud por lo que sí se compartió. Y entonces, la pregunta deja de
mirar hacia atrás; deja de ser qué habríamos hecho distinto en el ayer.
Pasa a convertirse en un faro para el presente: ¿Qué
estamos haciendo ahora mismo con los momentos que todavía tenemos?
Tal vez esa sea una de las lecciones más hermosas y
silenciosas que nos regala el tiempo. No tenemos el superpoder de reconocer
cuáles serán nuestras últimas veces. No podemos adivinar cuándo se romperá el
hilo. Pero lo que sí podemos hacer es aprender a habitar mejor las veces
presentes. Escuchar con el alma entera, abrazar como si el mundo se fuera a
acabar y mirar a los ojos a quienes amamos con la conciencia de que el ahora es
nuestro único territorio seguro.
Porque algún día, sin que nos demos cuenta, este momento que parece tan ordinario también será un recuerdo.
— W. E. Ticas
Serie: La memoria
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