Lo que olvidamos también nos construye
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| No todo lo que desaparece se pierde. |
Solemos pensar en la memoria como una colección de cosas
que logramos conservar. Una vitrina donde guardamos lo que consideramos
valioso: nombres, rostros, fechas, lugares. Medimos la riqueza de nuestra
historia por la cantidad de escenas que podemos evocar.
Pero rara vez pensamos en el reverso de esa moneda. Rara
vez agradecemos todo lo que hemos olvidado.
¿A dónde van las conversaciones cotidianas que
desaparecieron sin dejar rastro? ¿Los caminos recorridos cientos de veces que
hoy ya no podríamos describir? Olvidamos los nombres de personas que alguna vez
parecieron cruciales y los miedos que ocuparon meses enteros, miedos que hoy
apenas podemos reconstruir. Si lo miramos de cerca, la mayor parte de nuestra
vida ha sido devuelta al anonimato del tiempo.
A veces vemos el olvido como una falla. Como una pérdida
o una traición de la mente. Pero quizá sea todo lo contrario: una sabia forma
de adaptación, una tregua necesaria.
No podríamos cargar con todo el peso del camino. Sería
imposible avanzar si cada detalle de cada día, cada leve desaire, cada ruido de
la calle o cada mirada pasajera permaneciera intacto y con la misma nitidez
para siempre. La mente, en su infinita sabiduría, selecciona. Conserva algunas
cosas y deja ir otras, aunque no siempre entendamos su criterio.
Hay rostros que se desvanecen en la niebla de los años
mientras permanecen las emociones que nos provocaron. Hay lugares cuyo nombre
olvidamos por completo, aunque todavía recordemos la paz o la incomodidad que
nos hacían sentir. A veces el tiempo borra los contornos de los hechos y deja
únicamente una impresión borrosa, como una fotografía expuesta demasiado tiempo
al sol, donde ya no se distinguen las formas pero se intuye la luz.
Lo curioso es que muchas veces recordamos el efecto de
algo mucho después de haber olvidado su origen. El cuerpo tiene su propia
memoria, una que no necesita palabras ni archivos.
Por eso seguimos evitando ciertos lugares sin recordar
exactamente qué herida ocurrió allí. Por eso conservamos una melancolía cuyo
comienzo ya no sabemos explicar, o sentimos una confianza inmediata hacia un
desconocido sin poder señalar el momento exacto en que empezó a importarnos. La
mente olvidó la causa, pero el alma retiene el efecto.
El pasado, entonces, no vive únicamente en lo que
recordamos de manera consciente. También vive en las grietas, en la intuición,
en las huellas invisibles que dejó detrás. Fuimos esculpidos tanto por los
eventos que atesoramos como por los que dejamos caer en el camino.
Quizá por eso no somos solo la suma de nuestros
recuerdos. También somos el resultado de todo aquello que el tiempo decidió
borrar.
Porque olvidar no siempre significa perder. A veces significa alivianar el equipaje. Significa hacer espacio en el interior; un espacio limpio y despejado donde el presente pueda ocurrir sin el ruido del ayer. Y en ese espacio, silenciosamente, en esa maravillosa arquitectura hecha de recuerdos y de olvidos, seguimos convirtiéndonos en quienes somos.
— W. E. Ticas
Serie: La memoria

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