Hay personas que siguen apareciendo en conversaciones

 

Se mudan de los ojos a las palabras.


Hay personas que se van de nuestro lado y, aun así, continúan formando parte de nuestra vida cotidiana de una manera misteriosa y constante.

 

No porque regresen sobre sus pasos. No porque vuelvan a ocupar un lugar físico en la casa o en la oficina. Sino porque, simplemente, siguen apareciendo en las conversaciones de todos los días.

 

Alguien cuenta una anécdota cualquiera durante la cena y su nombre surge de manera natural, sin esfuerzo, como si estuviera a punto de entrar por la puerta. Una frase suelta en la calle nos recuerda un refrán o un gesto que ellos solían decir con frecuencia. Una comida específica, una canción vieja en la radio o una fotografía arrumbada abre una compuerta inesperada en la rutina y, de pronto, vuelven a estar presentes entre nosotros durante unos minutos.

 

Es curioso y hermoso cómo funciona la memoria compartida. Hay personas que dejan de habitar en una habitación, pero continúan viviendo con total nitidez en las historias que contamos sobre ellas. Se mudan de los ojos a las palabras.

 

A veces aparecen entre risas ensordecedoras, recordando sus ocurrencias, sus manías o aquellos días luminosos donde fuimos tan felices. Otras veces, en cambio, llegan acompañadas de un silencio breve y denso; de esos silencios que duran apenas unos segundos, pero que contienen mucho más amor y añoranza de lo que jamás se podría decir en voz alta.

 

Con el tiempo y la madurez del duelo, uno descubre que recordar a alguien no siempre tiene que implicar una tristeza punzante o un desgarro en el pecho. También puede ser una forma dulce de compañía. Una manera sutil de reconocer que ciertas personas dejaron una marca tan profunda y vital en nuestra estructura que siguen participando, de algún modo, en la conversación de los vivos. Seguimos hablando con ellos a través de lo que nos enseñaron.

 

Quizá por eso nos gusta tanto contar las mismas historias una y otra vez, año tras año, en las reuniones familiares o entre amigos. No lo hacemos porque hayamos olvidado el final del relato; todos en la mesa nos lo sabemos de memoria. Lo hacemos porque, al contarlas, volvemos a compartir un espacio sagrado con quienes ya no están.

 

Pronunciar sus nombres en voz alta es una forma de invocación pacífica. Durante esos breves instantes en que el relato cobra vida, la distancia física desaparece y las fronteras del tiempo se vuelven mucho menos rígidas, casi transparentes. Y alguien que parecía pertenecer únicamente al pasado, a los archivos del ayer, vuelve a sentarse a la mesa con nosotros, a compartir la calidez del hogar.

 

No viene para quedarse en este plano. No viene para alterar el orden de las cosas ni para forzar un regreso imposible. Solo aparece para recordarnos, con una ternura infinita, que algunas presencias encuentran formas maravillosamente discretas de permanecer vivas.

 

Tal vez esa sea una de las funciones más hermosas y consoladoras de la memoria humana. Su propósito no es retener el tiempo ni impedir de forma egoísta que las personas se vayan cuando les toca partir. Su verdadero milagro es permitir que sigan acompañándonos, de vez en cuando y en los momentos más inesperados, a través del puente invisible de nuestras palabras.

 

— W. E. Ticas

Serie: La memoria

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