Seguir sin fe (y aun así no detenerse)

 

No todos los días se camina con esperanza.
Hay mañanas en las que uno se levanta sin convicción, sin fe en el proceso, sin una imagen clara de hacia dónde va todo esto.

Y aun así, el cuerpo se mueve.

No porque crea.
No porque confíe.
Sino porque detenerse sería peor.

Nos han enseñado que avanzar requiere entusiasmo, propósito, claridad. Que sin fe no hay camino. Pero rara vez se habla de esos otros días, más comunes de lo que admitimos, en los que seguir no nace de una visión, sino de una costumbre mínima: levantarse, escribir una línea, cumplir una tarea, empujar un poco más.

El cuerpo entiende algo que la mente no siempre puede explicar.
Sabe que quedarse quieto también desgasta.
Que la inmovilidad prolongada pesa más que el cansancio del paso siguiente.

Seguir sin fe no es cinismo.
Es resistencia silenciosa.

No hay discursos grandilocuentes en eso. No hay épica. Solo una fidelidad discreta a uno mismo: no abandonar del todo, aunque no se vea nada al frente. Aunque el camino parezca igual de oscuro que ayer.

A veces no se avanza porque se cree en el resultado, sino porque el acto de seguir ya es, en sí mismo, una forma de cuidado.

Y quizás eso baste.
No para sentir esperanza,
pero sí para no desaparecer.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La vida extraviada: cómo recuperar proyectos sin castigarte

No me perdí. Solo me extravié

Perdonar Cura tu Espíritu y tu Mente